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Mudo 95

Es otro día normal, una fresca mañana común en la vida de cualquiera, es viernes; los minutos corren rápidamente si tienes prisa por llegar a la escuela o al trabajo.

fintWN_mudo1Me las arreglo para arribar a metro Patriotismo a las 7:45 de la mañana, corro, grito, empujo, triunfo en el deporte de contacto más practicado en el transporte público de la ciudad, pisar callos a diestra y siniestra, acumular enemigos a muerte en el transcurso de media hora y después dejar los rencores en el olvido.

Finalmente llego a mi destino, subo las escaleras, cruzo los torniquetes, me dirijo a las escaleras que llevan a la avenida Benjamín Franklin. Tomo la derecha y avanzo por la acera, intentando sortear a los peatones distraídos, tropezando con los indecisos que no saben si comprar lactobacilos o jugos pasteurizados, los que sienten remordimiento por haber elegido el refresco de cola en vez de la gelatina, y se toman su tiempo para perdonarse a sí mismos, para tomar fuerza y seguir armando su desayuno favorito: chilaquiles verdes de los picosos y refresco con cafeína, para despertar.

Continúo sobre la banqueta. Mientras sigo mi camino, una inscripción grabada en el piso llama poderosamente mi atención. Un anónimo creador de bloques de cemento estampó su firma en uno de ellos, plasmando lo que parece ser el año en que se culminó la obra y el apodo por el que fue o es conocido: “Mudo 95”.

fintWN_mudo8Desde el pueblo

Llego al cruce de Benjamín Franklin y Patriotismo; pienso en el Mudo, por alguna razón su firma en ese pedazo de banqueta me remonta a pensar en las personas que trabajan en la construcción. Tal vez es un señor de pelo cano, de piel morena, de unos 1.70 centímetros de altura.

Me lo imagino de niño, arando un terreno pequeño destinado a la siembra de maíz. ¿Qué canción habrá cantado cuando estaba con todos sus hermanos? ¿Añorará esos tiempos, en los que seguramente había carencias pero se encontraba totalmente apegado a la familia, a sus raíces? Lo imagino carcajeándose, persiguiendo a algún conejo, tirándose en el pasto, hipnotizado por el cielo azul esplendoroso.

En la ciudad desde adolescente, trabajando aquí y allá, diferentes oficios, lugares, la misma mala paga, los mismos malos tratos y la sensación de que la ciudad le devora a uno la vida: todo el tiempo respondiendo a estímulos de velocidad, en un vaivén frenético que nos aleja de lo realmente importante.

Después de las largas jornadas, con la espalda cansada y los brazos adoloridos, acusando la carga excesiva de cemento, de grava, pienso que al Mudo le entraban las ganas de regresar al origen, que, aunque tenía similares exigencias físicas, le retribuía una mejor calidad de vida, verdaderos momentos de felicidad, de unión con su familia.

Lo veo repasar las opciones que tenía, con poco tiempo, pocos pesos y muchas ganas de abstraerse de la realidad, aunque fuera unos minutos, regresar al pueblo, con sus hermanos, con sus viejos, los que se dedicaban a trabajar diversos sembradíos, los que pasaron el conocimiento a las generaciones que venían, sin recelar, compartiendo los secretos de la tierra, del maíz, del maguey.

El hombre se esfuerza en recordar aquel sabor dulce, suave, que se pegaba ligeramente al paladar, cubriendo la lengua de manera sutil. Recuerda el alivio que se sentía en el esófago, en el estomago vacío; un traguito nada más y la sensación corporal cambiaba, el decaimiento se apagaba poco a poco. Cuando se fermentaba el elixir venía lo bueno, la alegría espontánea, algo que le saca a uno el buen corazón, la voluntad generosa.

fintWN_mudo6La pulquería

Sólo unos minutos más y el Mudo será libre por esa tarde, podrá escaparse de la construcción, vagar por la ciudad, explorar un par de pulquerías y escoger la que le ofrezca el néctar que más se asemeje al que probó en su infancia, ese que “te alimenta más que un bistec, que tiene un efecto afrodisiaco infalible.”

Camina y recorre distintos lugares sin encontrar algo parecido a lo que dejó en su localidad de origen. Se encuentra con sabores demasiado agrios, texturas pastosas, curados que parecen hechos con jarabe para raspado, con refresco de tutti frutti; locales que anteponen el negocio al gusto, donde la consigna principal es obtener beneficio, caiga quien caiga, donde las cervezas calientes y el pulque mezclado con harina, son el pan nuestro de cada día.

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fintWN_mudo5fintWN_mudo4En el Eje 8, justo en la esquina con Eje Central, el tipo decide probar una vez más, antes de retirarse al cuartito de azotea, antes de entregarse como fugitivo recién capturado, a los noticiarios y telenovelas que le duermen el cerebro, que le llenan de desazón.

El lugar se llama “La Paloma Azul”, sólo basta empujar el par de puertas plegables para estar dentro. -¿Qué vas a querer?”-, el Mudo pide la prueba del pulque blanco. El primer trago lo sorprende, se siente fresco en la lengua, ligero pero con la densidad adecuada, según su recuerdo, este brebaje es el que más se parece al que le convidaban en el pueblo.

Pide un litro del blanco, para seguir con el idilio y mantener una conversación consigo mismo, callado, atrás de las rockolas, admirando los murales que se plasmaron en las paredes, todos con motivos indígenas, todos sobre el origen del pulque, de la bebida del corazón de Mayahuel, de la violencia que le dio origen al maguey y al preciado elixir que emana de él.

 

El encuentro

Yo, ahora mismo en la oficina, no veo la hora para poder desprenderme de la silla, quitar los ojos del monitor y emprender el camino hacía “La Paloma Azul”. Lo conveniente del asunto es que esta pulquería se encuentra a lado de la salida del metro Eje Central, a unos cuantos pasos, no hay que tomar rutas complicadas, ni gastar en varios camiones, sólo cinco pesos y uno puede llegar desde casi cualquier punto de la ciudad. Yo decido transbordar en Centro Médico, bajarme en Zapata y tomar la Línea dorada hacía Tláhuac, dos estaciones y ya.

En menos de 45 minutos llego a mi destino, salgo presuroso del metro y cruzo el par de puertas de madera. Pido un curado de apio, el encargado sirve aproximadamente 500 mililitros en el tarro, exprime la mitad de un limón en el curado, sirve otros 500 y pasa la mitad del fruto por la circunferencia superior del vaso. Tomo un pequeño trago y entiendo a los que se desviven en exaltar las bondades del pulque, de su sabor. Se siente tan fresco en la garganta, tan natural, el apio y el pulque en extraordinaria comunión, cada uno potenciando los sabores de cada cual. Decido tomar un sorbo más pronunciado, llenar mi boca e ir pasando lentamente el brebaje. Ahora entiendo a personas como Felipe Ramírez, que con extraordinaria pasión se dedica a divulgar en su blog http://pulquenuestro.blogspot.mx/ las bondades de esta bebida milenaria, de este tradicional elixir que nos pertenece y que se ve ninguneado ante las bebidas alcohólicas embotelladas de las grandes empresas, de las cerveceras que incluso ya forman parte de capital extranjero.

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Volteo a mi derecha y veo a un hombre mayor tratando de entablar una conversación con un muchacho joven, de 19 a 22 años. El chico poco se permite compartir, si acaso esboza una sonrisa, suelta alguna muletilla y sigue bebiendo su pulque blanco. De inmediato lo reconozco, ese joven es el Mudo, rejuveneció por las bondades del aguamiel, cada trago lo revitaliza más.

El Mudo me observa de reojo y vuelve a tomar de su pulque, después de algunos sorbos me sorprende preguntándome si conozco algún lugar donde den clases de pintura gratuitas. Le comento que tal vez en el Faro de Oriente pueda encontrar, en las delegaciones, en el Circo Volador en la delegación Iztacalco. El Mudo se orienta mentalmente, pide alguna que otra referencia y brinda conmigo.

La tarde en esa pulquería, como una máquina del tiempo, me transporta a cada lugar que el Mudo describe, cada cuadro, cada mural que pinta en mi imaginación. Con unos cuantos pesos, 35 pesos del curado de apio y 15 del pulque blanco, nos alcanza al Mudo y a mí para seguir soñando, para atravesar los rayos del sol y transportarnos a esos sembradíos de maíz donde él corría en libertad, con el estomago vacío, pero el espíritu repleto de felicidad.

Hay historias que se cuentan solas, que nos esperan en los rincones más sui generis de la ciudad, en los lugares “populares”. Inmersos en este frenético vaivén que nos regala la metrópoli, sólo nos queda abrirnos al murmullo del mundo, que nos habla de nosotros mismos a través de las personas que vemos a diario, aunque no las conozcamos, aunque nos parezcan tan ajenas.

humberto@grupomediosiq.com

 

Humberto Gómez
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